
Con la primera luz del alba se pusieron en marcha, aunque Roxana sufría los estragos del soroche. El guía que los acompañaba sacó de entre su poncho una bolsita con un poco de hojas de coca que le hizo chacchar para calmar los dolores. Aunque era algo que ella no había hecho antes, aceptó el remedio y comenzó a masticar confiada en la sapiencia del lugareño. Roxana era joven, de bonita figura moldeada por los aeróbicos y si bien por primera vez recorría el Camino Inca, no entendía por qué le afectaba la altura. A su lado iba su novio, Raúl, deportista y corpulento a quien le gustaba trepar cerros en cualquier lugar donde los encontraba. Era él quien cargaba las mochilas de los dos, con las bolsas de dormir, los abrigos, latas de comida y todos los aparejos necesarios para esa travesía. Lo que destacaba entre sus cosas era un GPS, ese aparatito que les revelaba a qué altura y en qué punto exacto del mundo se encontraban.
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