martes, 23 de febrero de 2010

Ejercicio 7 - 2


Viajé a Iquitos porque me dijeron que allí encontraría a mi abuelo, que se llamaba igual que yo. Mi abuela, quien ya había recibido la extrema unción después de que los médicos confirmaron que ya no podían hacer más, me hablaba de él, de cómo siempre había querido conocerme, de su pánico a los aviones y de su amor por la selva. "Anda, él quiere estrecharte, navegar contigo el Amazonas, tú sabes que él no podrá venir y su única esperanza es que vayas", me rogó haciéndome prometerle que lo haría, sin imaginar que días después me embarcaría con ella, ya muerta, para devolverla a su esposo y sepultarla en la misma tierra que 85 años antes la vio nacer.

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