domingo, 21 de febrero de 2010

Ejercicio 4.


El sol, levantándose entre los cerros, anunciaba al loco Aldo que era hora de partir. Trató de pararse, pero se dio cuenta de que no tenía piernas. Pretendió usar sus brazos para incorporarse, y estos tampoco estaban en su lugar. Pensó que todavía seguía alucinando, o quizás no, y volteó la mirada alrededor en busca de una explicación. Se encontró con una cola larga, lustrosa, con pequeñas escamas verdosas que terminaban en una punta finamente moldeada. La siguió con la mirada y vio con horror que esta se proyectaba hacia su cuerpo. No era otro ser, era él mismo, entonces quiso gritar y pedir ayuda, pero de su boca solo salió una lengua bífida y se escuchó un seseo. Ahora tendría que arrastrarse.

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